RAFAEL FRANCO, ARTÍFICE DE LAS VICTORIAS DESICIVAS DE LA EPOPEYA DEL CHACO
(Luis Agüero Wagner)
Todos los años, un 29 de Septiembre, el espíritu nacionalista de los paraguayos vibra en sus más íntimas fibras evocando la toma del fortín Boquerón, en 1932. Muchos ignoran, sin embargo, que a pesar de haber sido ésta una victoria fundamental en lo anímico, por ser la primera batalla en la que se empeñaron todas las fuerzas del ejército nacional, lejos estuvo de superar en dimensiones y consecuencias militares a otras acciones mucho más afortunadas para las armas paraguayas, como Campo Vía o Yrendagüe.
La táctica aplicada por José Félix Estigarribia en la batalla de Boquerón ha sido objeto de un sinnúmero de críticas por parte de sus protagonistas, por las enormes pérdidas sufridas por las tropas paraguayas ante una dotación boliviana que en realidad no superaba los quinientos hombres, empeñándose contra ella a todo el ejército paraguayo incluidos sus cuerpos para tiempos de paz. Uno de los testimonios más calificados al respecto lo ofrece el General Juan Bautista Ayala en su libro “Las batallas del Chaco a la luz de los principios de la guerra”, donde desnuda la disparidad de criterios en los altos mandos paraguayos, y los serios errores de conducción.
Los ataques a cuerpo gentil ordenados por el alto mando terminarían en una verdadera carnicería en la que perderían la vida alrededor de cinco mil hombres, la mayoría jóvenes menores de veinte años. Algunos jefes bolivianos a su vez califican a Boquerón como “una victoria moral boliviana”.
En otras batallas menos recordadas de nuestro calendario, en contrapartida, brillaron con fulgor propio la audacia, el coraje y el genio militar tanto de comandantes como de subordinados.
CAMPO VÍA
Algunas callejuelas de ciudades y pueblos paraguayos llevan su nombre, pero la enorme mayoría de los paraguayos ignora los alcances y detalles de la que expertos militares consideran la más fulminante y demoledora victoria obtenida por las tropas paraguayas en el Chaco: la rendición de dos divisiones bolivianas en Campo Vía, el 11 de Diciembre de 1933.
“Rafael Franco, reforzado por la división de Fernández, irrumpió desde Gondra arrollando las líneas bolivianas y cerró el camino Campo Vía-Puesto Ustares” describe la acción el experto estadounidense David Zook. Sin esa maniobra, las tropas bolivianas hubieran escapado tras la toma de Alihuatá.
Esta victoria significó para el Paraguay hacerse de más armamento del que disponía al iniciarse la guerra, en tanto la derrota fue tan abrumadora en filas bolivianas según narra el sacerdote Ernesto Pérez Acosta (Pa-í Pérez), que un prisionero boliviano junto a él en ese momento, el Teniente Coronel Araníbar, exclamó consternado: “La guerra ha terminado. Kundt nos ha traicionado”.
Justamente, la debacle boliviana obligó a renunciar al general alemán Hans Kundt, y hubiera significado el final de la contienda si no se hubiera concedido un armisticio en el que los suspicaces creyeron entrever la mano de la empresa petrolera Standard Oil, acusada en el Congreso norteamericano de financiar a Bolivia. Juan Stefanich escribió sobre aquel gran momento de nuestra historia:”Desde los campos encendidos del Chaco fueron barridos de América, como en los tiempos de la emancipación, generales y técnicos europeos y otros de menor jerarquía, en forma aleccionadora”.
YRENDAGÜE
Aunque no tan recordada como la toma del fortín Boquerón, pocos episodios de la guerra del Chaco calan tan hondo en el ánimo de los paraguayos al ser evocados como la homérica marcha de sesenta kilómetros a través de la selva que acabaría con la conquista, al límite de la resistencia humana y a punto de morir de sed, de la aguada de Yrendagüe el 8 de diciembre de 1934.
Su concepción estratégica también sería producto del genio militar del Coronel Rafael Franco, bajo cuyo mando se encontraba la Octava División a cargo del entonces coronel Eugenio Alejandrino Garay. Ambos comandantes, cuyas leyendas trascienden las academias militares y se pierden en el imaginario popular, eran hombres bajo cuyo mando el soldado paraguayo se constituía siempre en combatiente extraordinario, sobre todo por la intuición del mítico “Leon Karé”(como apodaron afectuosamente a Franco sus tropas) quien exigiéndolo hasta el límite, sabía ofrendarle una y otra vez el alcance de una victoria decisiva. Es conocida, en ese contexto, su lacónica respuesta cuando el General Garay le transmitió sus dudas sobre la posibilidad de abrirse paso, a través de una maraña hostigante que debía tajearse a machetazos, hasta el oasis oculto en el verde laberinto: “Usted y sus hombres seguirán su camino, y mañana beberán suficiente agua en Yrendagüé, si Dios quiere”.
Aquella frase caería de modo fulminante sobre las vacilaciones del viejo pero aguerrido Coronel Garay, quien ya en 1928 –durante la movilización general tras el incidente de “Vanguardia”- había sido rechazado por su avanzada edad. “Hagámosle caso, porque este hijo del diablo se entiende con Dios” masculló en guaraní refiriéndose a Franco, el anciano guerrero de blanca greña, y antes de reanudar aquella verdadera marcha del delirio, como acompañada de un relampagueo centelleante, tronó su voz en medio del bosque transportando una arenga histórica:
“Aníra-ena pe manó, che ra-y kuéra. Jareko ningo peteï misión ña cumplí vaëra. Ñaguahéna la Yrendagüepe, jai-ú ñande gústope o sino-yramo ñamanomba oñondive upepe”(No se mueran todavía, hijos. Tenemos una misión que cumplir. Lleguemos a Yrendagüe, bebamos agua a gusto o muramos juntos allá).
Crujiendo entre hostigantes ramas y erizados de púas, el tumulto de fusiles, machetes y banderas siguió su heroico avance ignorando la fatiga, la sed, el hambre, el sueño y la distancia. Y el día de la virgen de Caacupé de 1934, a primeras horas de la mañana, la Segunda Compañía del Batallón 40 (Octava División, Segundo Cuerpo de Ejército), al mando del Teniente Reinaldo Troche, divisaba como una luz al final de un ardiente y angustioso túnel, los frescos y profundos hontanares de Yrendagüe.
“A las 7:15 de la mañana del día 8 era dueño de los pozos de Yrendagüe ese núcleo de jóvenes valerosos y esforzados que formaba la Segunda Compañía del Batallón 40, y yo no pude menos que meditar acerca de lo que consideraba un milagro y elevar mi pensamiento para rendir homenaje a la virgen de Caacupé, que nos había protegido y ayudado para conquistar un triunfo tan memorable” evocó en sus memorias Troche años después.
El sol de la victoria amanecía para iluminar al Paraguay aquel hermoso día 8 de Diciembre, y la guerra del Chaco estaba ganada.