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sábado, 23 de mayo de 2009

FERNANDO LUGO: NO RESPETAR EL CELIBATO ES FALTAR A LA ÉTICA CATÓLICA


FILOSOFANDO SOBRE EL CELIBATO Y LA IGLESIA CATOLICA

Emilia Barrios Sarasqueta

Todos estaremos de acuerdo en que las circunstancias actuales han obligado a la mayoría de las instituciones ancestrales, a adecuarse a los nuevos requerimientos y corrientes de pensamiento de la sociedad actual. Es así como las instituciones militares, de salud, de comercio y los Gobiernos han dado pasos importantes hacia el cambio y renovación, no sólo de sus estructuras y procesos, sino también del tipo de resultados que se busca obtener, generalmente enfocados hacia el bien común.

No obstante, en el caso de la Iglesia Católica el camino ha estado plagado de escollos y de malas interpretaciones, pero sobretodo, de mentes obtusas, de parte y parte, que no son capaces de llegar a acuerdos negociados que promuevan una apertura real hacia una nueva Iglesia.

Los recientes episodios de comportamiento no ético y de desobediencia eclesiástica que se han dado en todos los sectores eclesiásticos (obispos, sacerdotes, monacales, etc.) parecen ser un claro aviso de que, al menos, debería estudiarse seriamente la posibilidad de hacer reformas en sus estructuras ancestrales de organización; sobretodo después de que el Sacerdote Estrella “Padre Alberto” tuviera el revés playero de ser fotografiado con la mano dentro de la tanga de Canallis.

Esto, por supuesto, ha generado una avalancha de comentarios y opiniones, destacándose de una forma muy clara, una gran porción de católicos que defienden la postura de “inocente enamorado” de Alberto Cuté. Me pregunto yo y, ¿si el Padrecito Alberto no estuviera tan increíblemente buenón, con esa postura y desplante de un Tom Cruise Latino, estarían defendiéndolo tan categóricamente como para consentir en la abolición de uno de los principales dogmas del Catecismo?

La creencia en los dogmas de fe es condición indispensable para la pertenencia a la Iglesia cristiana; de acuerdo al principio de extra ecclesiam nulla salus ("no hay salvación fuera de la Iglesia"), se considera que la aceptación integral de los dogmas contenidos en el Catecismo es indispensable para la salvación del alma.


Para aquellos que no lo saben, fue en el primer concilio ecuménico de Letrán, año 1123, en que se tomó una decisión categórica sobre el celibato, cuando en el canon 3 se lee: "Prohibimos absolutamente a los presbíteros, diáconos y subdiáconos la compañía de concubinas y esposas, y la cohabitación con otras mujeres fuera de las que permitió que habitaran el concilio de Nicea (325)" .


Luego en la sesión XXIV del concilio de Trento, en el canon 9, se reafirma la imposibilidad absoluta de contraer matrimonio a los clérigos constituidos en las órdenes sagradas o a los religiosos que han hecho profesión solemne de castidad; en respuesta no sólo a las críticas de la reforma protestante, sino porque se consideró necesario en vista del abuso de poder en temas sexuales que hacían los clérigos de aquella época. También contó mucho el tema económico, ya que los hijos de los sacerdotes reclamaban sus herencias al morir y esto, en muchos casos, incluía la parroquia que el sacerdote fallecido tenía a su cargo.

Muchos creen que desde el tiempo de los apóstoles se obligaba a esta práctica, lo cierto es que es bueno recordar que Jesús inició la búsqueda de sus discípulos a edades en que la mayoría de los judíos ya habían formado sus familias; por lo tanto, es lógico pensar que la mayoría de ellos ya tenían esposa e hijos. Ahora bien, es muy probable que al seguir a Jesús muchos de ellos adoptaran por decisión propia el Celibato.

De hecho, en una de sus hermosas cartas, San Pablo estableció el concepto de célibe como una cualidad muy valiosa cuando escribe a los Corintios que “el célibe se ocupa de los asuntos del Señor…, mientras que el casado de los asuntos del mundo… y está dividido" (1 Cor 7).


En tiempos más recientes, el concilio ecuménico Vaticano II, en el decreto Presbyterorum ordinis (n. 16), reafirmó el vínculo estrecho que existe entre celibato y reino de los cielos, viendo en el primero un signo que anuncia de modo radiante al segundo, un inicio de vida nueva, a cuyo servicio se consagra el ministro de la Iglesia.
En la Encíclica Sacerdotalis caelibatus de Juan Pablo II se define el celibato sacerdotal como “un don precioso de Cristo a su Iglesia, un don que es necesario meditar y fortalecer constantemente, de modo especial en el mundo moderno profundamente secularizado”. Meditando sobre el tema Juan Pablo II escribe: “Pensamos, pues, que la vigente ley del sagrado celibato debe, también hoy, y firmemente, estar unida al ministerio eclesiástico; ella debe sostener al ministro en su elección exclusiva, perenne y total del único y sumo amor de Cristo y de la dedicación al culto de Dios y al servicio de la Iglesia, y debe cualificar su estado de vida tanto en la comunidad de los fieles como en la profana" (n. 14).


Situación difícil porque las palabras de Juan Pablo II tienen un contenido muy profundo y realista sobre lo que significa la elección de un Sacerdote en su relación con la comunidad y sus fieles; creo que las palabras de San Pablo sobre la división de funciones de un apóstol no célibe fueron la inspiración para esta meditación. Es como tratar con un ejecutivo con dos posiciones, lo más probable es que a la larga se de un conflicto entre una y otra.


Investigando sobre el tema recientemente descubrí que existe una Federación Latinoamericana de Sacerdotes Casados, -¡wao! si es que desde que se inventaron los sindicatos en 1824 definitivamente todo el mundo se organiza; pues bueno, ellos están entregando al Vaticano la solicitud de que se adopte “el celibato opcional”, que implicaría una composición mixta del clérigo, ya que los sacerdotes célibes continuarían también dentro de la estructura de la Iglesia. Según la Conferencia Internacional de este organismo, existen aproximadamente unos 150,000 ex sacerdotes católicos casados en el mundo.


Bien, a mi esto no me parece tan descabellado, de hecho, la Iglesia ya acepta que los Laicos puedan dar la comunión y ayuden en muchas de las ceremonias ancestrales de la Iglesia, pero, por supuesto, están los asuntos sensibles como la administración de los sacramentos, entre ellos la “confesión”. A muchos católicos no ha de gustarle que un sacerdote pueda irse de lengua contándole los pecaditos de sus feligreses a la esposa, por supuesto, sólo para descargar el estrés.


Lo cierto es que la Iglesia como institución no puede seguir soportando por mucho tiempo los escándalos constantes de sacerdotes que abusan de pequeños sexualmente, o de obispos que todos creen libres de toda corrupción y que resultan ser los progenitores de toda una prole de hijos. Por su parte, cada día los sacerdotes son más dados a romper su compromiso con la Iglesia y la comunidad.


Aunque estemos de acuerdo en que la Iglesia debería cambiar muchas de estas reglas para adaptarlas a los tiempos modernos, no podemos aceptar como buenas o, situaciones sin salida, actuaciones como las de Fernando Lugo o el Padre Alberto. Con razón o sin ella, ellos debieron honrar el compromiso hecho a DIOS y si sabían que no iban a poder sostenerlo, debieron ser sinceros con ellos mismo y con la comunidad que creía en ellos dejando las sotanas y volviendo a la vida Laica. Pero por supuesto, prefirieron seguir disfrutando del poder y el respeto que la investidura les proporcionaba ante la Sociedad, mientras, a escondidas, la maltrataban de obra, palabra y acción. Esa no es una acción aceptable para ninguna persona que se jacte de ser respetable y honesta.


Por eso estoy convencida de que la Iglesia debería analizar seriamente esta situación, a pesar de las implicaciones económicas que sabemos que esto traería, ya que para un no célibe con familia, el sacerdocio sería como un trabajo y la Iglesia se convertiría en su empleador, teniendo que proporcionarle un salario y los beneficios de seguros, pensiones, casa y comida y recordemos que la Iglesia Católica no aplica el diezmo, como sí lo hacen muchas otras religiones y sectas, de donde se saca el dinero para estos pagos.


Y es aquí donde aparece la gran incógnita, ya que si creen que este es un reto sólo para Iglesia Católica como institución, se equivocan plenamente, es más que nada un reto para nosotros lo católicos que usualmente criticamos a las sectas por quitarle la plata a sus feligreses. ¡Qué diremos nosotros cuando la Iglesia nos proponga que para sostener sacerdotes célibes deberemos donar parte de nuestros ingresos para sostenerlos?