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lunes, 15 de agosto de 2011

Las montoneras de regreso con Cristina Fernández


El fantasma de las montoneras volvió a aparecer en Argentina el fin de semana con la aplastante victoria de la presidenta Cristina Fernández en las primarias.



Decía Rodolfo Walsh que la historia parece a veces una propiedad privada, cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas. La observación explica los despropósitos en iconografías y proceratos.

En ese contexto, la descolonización de la historia argentina ha sido un punto recurrente del gobierno de la presidenta Cristina Fernández, al punto que la corriente revisionista argentina experimentó un verdadero auge bajo su mandato. Uno de los primeros signos de ello fue la denominación de un regimiento de infantería argentino con el nombre de “Mariscal Francisco Solano López”, causando escozor en el establishment porteño.

Muchos no pueden aún despojarse de la mentalidad mitrista, instalada por aquel presidente argentino que llegó a exclamar eufórico al inaugurar una línea de ferrocarriles británicos en su país: “¿Cuál es la fuerza que impulsa este progreso? ¡Señores, es el capital inglés!”.

La atmósfera en el interior mediterráneo argentino había llegado a enrarecerse tanto en aquel tiempo, que las críticas a dicha mentalidad saturaban los espacios periodísticos de brillantes intelectuales como Juan Bautista Alberdi, José Hernández, Olegario Víctor Andrade.

La contrariedad tenía su expresión revolucionaria en las montoneras, consecuencia del aire de rebelión que se respiraba por todas partes: en San Luis bajo liderazgo del general Sáa, en las provincias del norte con Felipe Varela, en Mendoza con el levantamiento de los colorados.

Desde los Andes, las montoneras emulan al heroico ejército de la independencia del general San Martín, decididas a defender las economías de tierra adentro, derrotar a la alianza anglo-brasileño monárquica y mitrista para hacer la paz con el Paraguay invadido desde 1865.



Patriotas Latinoamericanos



Felipe Varela había nacido en Huaycama, un pueblecito perdido en las sierras de Catamarca, en un tiempo en que los gauchos habían empezado a esgrimir las armas para defenderse de la opresión portuaria agrupándose en torno al riojano Juan Facundo Quiroga y su legendario capitán, Angel Vicente Peñalosa. Como tantos otros líderes montoneros, había sido un dolorido testigo de la miseria de su provincia marginada y humillada por el soberbio y lejano puerto de Buenos Aires, que con su política complaciente a potencias extranjeras había desencadenado el derrumbe de las economías del interior argentino, reemplazando el coloniaje español solo con una servidumbre de nuevo cuño. Cuando Varela tenía tres años, Catamarca no había podido pagar ni siquiera los pasajes a sus delegados para la constituyente de Buenos Aires, en 1828.

Las coplas, las músicas, los modismos idiomáticos y los viejos caminos calchaquíes habían enseñado a estos héroes que las fronteras argentina, chilena, boliviana y paraguaya eran artificiales, echando las raíces para el concepto de una patria grande y bolivariana. Al llegar Mitre al poder, el Quijote de los Andes Felipe Varela frisaba en los cincuenta años, edad en la que ya no repara el hombre en consejos de amas y sobrinas, desoye a curas y barberos y es proclive a calzarse un yelmo de mambrino en la cabeza para lanzarse contra molinos de viento.

Pero a diferencia de su tatarabuelo manchego, como apunta Rosa, este patriota nacional latinoamericano no estaría solo en su aventura.



Mañana de Octubre



“En 1863 la ciudad de la Rioja era entregada por el general don Manuel Antonio Taboada, uno de los “pacificadores” de Mitre, al más vergonzoso pillaje, al saqueo más inaudito, en tanto familias honradas eran encerradas en los cuarteles siendo sometidas a la depravación de una tropa inmoral y corrompida hasta el infinito. Desde entonces hasta hoy, los pueblos de Famatina, Chilecito, Hornillos, Vinchigasta y Guandacol han presenciado los actos de barbarie más salvajes, el ahorcamiento de centenares de infelices, el degüello de viejos y de niños, el martirio de mujeres preñadas, en fin, que sería traspasar los límites de un manifiesto el entrar a dar cuenta de tanto hecho atroz” sostendrá en su histórica proclama Felipe Varela, antes de iniciar su cruzada contra la alianza antilatinoamericana y contrarrevolucionaria de Mitre. La impía represión destada por Paunero, Arredondo y otros quedaría reflejada en un libro clásico en la historiografía revisionista argentina, “Los Coroneles de Mitre”.

La guerra al Paraguay sería también un pretexto muy útil para que el comercio inglés y sus vasallos de Buenos Aires declaren una sangrienta e injusta guerra paralela a las provincias argentinas. El más famoso consejo de Sarmiento a Mitre (No ahorrar sangre de gauchos) se cumpliría al pie de la letra, pues ni siquiera se tomarían prisioneros en ella.

Como remolinos de a caballo, los montoneros de Varela desafiarían los designios del mismo imperio británico y en medio de una tormentosa revuelta, llegarían a apoderarse de Salta, una mañana del diez de octubre al decir de la letra de una popular zamba que rememora esta hazaña desbordante de dignidad para los pueblos de Latinoamérica.

Y tal vez una premonición a lo que sucedería en otros Octubres más próximos y por venir.



Adalid postrero bajo el sol riojano



“Este caudillo tan ignorante como funesto” dirá un historiador de pensamiento colonizado hacia 1900 refiriéndose a Varela “había logrado fanatizar a las masas. Toda la chusma se le presentó en su cabalgadura propia o en una robada a su respectivo dueño”.

La frustración de las tropas mitristas, que debieron abandonar el frente en Paraguay para sofocar el alzamiento de la “chusma”, quedó reflejada en los comunicados y partes de los crueles coroneles que encarnaron la barbarie genocida del colonialismo liberal. Héctor David Gatica lo sintetizó en sus versos: “Ese caudillo no anda ni desanda, está en todas partes y no está en ninguna, juega a estar y a no estar”.

Acusados de bandoleros y en medio de grandes privaciones, cercados por implacables regimientos de línea, los montoneros sufren la decisiva derrota de Pozo de Vargas, el 19 de abril de 1868. A partir de entonces, un manto de ignominia se extendería sobre el nombre de Varela, a quien la historia a gusto del trono no perdonaría que haya ingresado a la Argentina apoyado por un batallón de chilenos y por el gobierno boliviano, y que haya levantado contra Mitre su ejército de gauchos argentinos en defensa del Paraguay, cuando son precisamente estos hechos los que han proyectado su figura por encima de hombres pequeños y patrias pequeñas. Muchos supieron ver, a pesar de todo, la desaparición del adalid postrero de la patria grande con la derrota de su causa.

El triunfo de Cristina Fernández del fin de semana, sin embargo, demostró que esa Argentina profunda y desconocida, pintada por Hernández, Gunche, de la Pera o Cairo sigue viva en esa inmensa y desgarrada geografía. Y que los martirios fecundos todavía iluminan con el recuerdo de aquellos hombres que andaban , al decir de Gatica y Navarro, con el pueblo y el poder en las montas. Nunca quietos, siempre en pié de guerra y desalojados de la paz. LAW